Hoy, la figura del Papa Francisco ya ilumina un pedacito de nuestra parroquia.
Ocho días han pasado desde que su partida dejó un hueco inmenso en la Iglesia y en nuestros corazones.
Ocho días de ausencia, sí... pero también de memoria viva, de oración incesante, de amor que no se apaga.
Esta semana, el mundo entero ha caminado en oración: los cardenales comenzaron a llegar a Roma, convocados por el amor y el deber. Se han pronunciado muchos nombres, se tejieron especulaciones... pero sigue reinando la incertidumbre santa, esa que nos enseña a confiar en los tiempos de Dios.
Y ya elevamos al cielo este nuevo proceso, sabiendo que el Espíritu Santo guía cada paso, aunque a nuestros ojos todo parezca incierto.
El funeral del Santo Padre Francisco fue un testimonio vivo de su grandeza de alma: reyes, presidentes, líderes de muchas naciones acudieron a despedirlo. Hermanos de otras religiones —judíos, musulmanes, cristianos de tantas tradiciones— honraron su memoria con respeto y cariño. Pero, sobre todo, su pueblo amado: el pueblo sencillo, el pueblo católico, ese que él tanto abrazó, lloró su partida con el corazón desbordado. Hoy seguimos tristes, todavía desacomodados, como niños que han perdido a su abuelo querido. Pero también seguimos firmes en la esperanza: la vida no termina, se transforma.
Francisco, quien tantas veces nos enseñó a confiar, ahora camina delante de nosotros, en la luz.
Seguimos orando por su alma santa. Seguimos orando por nosotros, la Iglesia que lo lloró y que ahora lo celebra.
Gracias, Santo Padre Francisco. No nos dejes de mirar desde el Cielo.